Jesús Prieto, redactor de La Olimpipedia

Fui consciente de la verdadera magnitud de Pau Gasol el 18 de marzo de 2001, cuando él solo le birló de las manos al Real Madrid una Copa del Rey que tenía ganada al descanso.

Puso en juego la última posesión del partido, tras un tiro libre de Iker Iturbe que no tocaba aro, porque el Madrid lo había intentado todo para frenar a un vendaval de 20 años, 25 puntos, 6 rebotes, 3 asistencias y  una valoración de 39, su mejor marca en ACB. Pau se dirigió al centro de la pista con las manos en alto y los índices señalando al cielo para que sus compañeros orbitaran sobre él.

Esa misma figura fue la que, nueve meses antes, había escenificado Sasa Djordjevic en el corazón del templo blaugrana para celebrar una liga e inflamar el páncreas de los culés. Pau Gasol lo vio todo desde el banquillo, semioculto tras una toalla. En aquel momento no contaba demasiado para Aíto, pero la lesión de Rony Seikaly le permitió restituir el honor de los suyos ante el Madrid, en la mayor rivalidad que se conoce en este lado del charco. Porque la historia de Pau Gasol siempre ha sido de unión y compromiso.

Una historia que se puede resumir en dos frases de quienes comenzaron siendo sus rivales para acabar convirtiéndose en sus aliados. Y eso solo se consigue con la calidad deportiva y humana del de Sant Boi. Sergio Scariolo fue el primero en plasmar todo lo que podría significar Pau en aquella misma tarde de su eclosión en Málaga: “Desde los tiempos de Drazen Petrovic, no he visto dominar a nadie como lo hace Gasol”. Siete años después,  uno de los mejores jugadores de todos los tiempos, Kobe Bryant, se deshacía en halagos tras haber compartido tan solo un partido con la misma camiseta, la de los Lakers: “Pau Gasol es increíble”.

En el lapso de tiempo que trasncurre entre las dos frases, Pau Gasol pasó de ser un niño de 93 kilos a un hombre de 113, adquiriendo una envergadura suficiente para  regar de ilusión toda una ciudad como Memphis, que nunca había sacado un billete para los play-offs y que se desgañitaba cada velada coreando su nombre al ritmo del speaker de La Pirámide. Pero también se llenó de crédito para contagiar a toda una generación de oro para que se viesen capaces de ganar la final de un mundial en su ausencia y transmitirle a todo un país, desde la voz del bueno de Pepu, la importancia de un deporte como el ba-lon-ces-to. 

En ese viaje maravilloso se armó de la sabiduría necesaria para regalarle a Scariolo y a Bryant, su amistad y su experiencia en forma de dorados blasones. Al primero, y a toda España, le regaló una plata y un bronce olímpico así como dos oros y un bronce europeo, además de las otras seis medallas internacionales para la selección a las que ya había contribuído. Al segundo le regaló dos anillos de la NBA y una hermandad infinita que les mantendrá unidos, doquiera que se halle la mamba. Un abrazo eterno entre uno de los mejores jugadores de todos los tiempos -junto a Jordan y Lebron- y uno de los mejores europeos de la historia -junto a Parker, Nowitzki y Petrovic-.

De lo que hizo para la selección, me quedo con aquella noche de septiembre de 2015, en la que abrió el túnel del canal de La Mancha entre Diaw y Pietrus para asestar a la todopoderosa Francia uno de los cuatro letales mates que la apearon de su europeo, en su casa y con su gente. De lo que hizo en las Américas, me quedo con su osadía, el modo en que, siendo rookie, posterizó a Garnett para eclipsar su sombra y advertirle de que nueve años más tarde lo secaría en unas finales de la NBA para comenzar a restituir el honor de la franquicia angelina ante los Celtics, en la mayor rivalidad que se conoce al otro lado del charco.

Su paso por los Bulls fue un bálsamo para muchos que -como el que firma- siempre se había encontrado a la magnificencia de Gasol enfrente de sus intereses de clubs. El jugador de todos, por fin vestía la camiseta de todos, al menos de todos los que nos enganchamos a la bendita locura de madrugar para ver baloncesto con las diabluras de Michael Jordan en el United Center.

Fue el mismo pie izquierdo que le privó de competir en la final de 2006 ante Grecia el que hizo que volviese apresuradamente de la NBA. Pero en ambos casos, a pesar de la lesión, la gloria ya estaba reservada para él. El modo en el que Nicola Mirotic y Pierre Oriola le concedieron el honor de levantar su último trofeo en el Palau o la forma en la que Sergio Llull se despidió de él en esa misma cancha, hablan de su magna importancia para unos y para otros, para los de aquí y para los de allá. Para todos, porque en el deporte español, casi todo orbita en torno a Pau.

Es ahora su momento para que, después de regalarnos tanto en la cancha, nos regale otro mucho desde fuera y quizá dar un paso al frente en la política deportiva española, huérfana de un líder con su carisma y su pie izquierdo desde hace muchos años.

Es precisamente su compromiso con el deporte, lo que nos ha hecho permanecer a todos unidos orbitando alrededor de su figura, sin importarnos donde estuviera, sin importarnos donde estará.

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